Diez años habían pasado desde que Abram salió de su tierra y todavía no tenía un hijo. En su inquietud e impaciencia, Dios fue misericordioso. Entonces, le dío dos ejemplos físicos. Primero, el polvo de la tierra (Gen. 13:16) y luego, las estrellas del cielo. Así, sería su descendencia. Por lo tanto, cada vez que tocara el polvo o alzara sus ojos al cielo de noche, tendría un recordatorio de la promesa de Dios, dándole ánimo y paciencia en la espera.
Señor, cuando me es difícil esperar, ayúdame a tener presente estos ejemplos de Tu voluntad que se cumple en Tu tiempo perfecto. No quiero nada más que esto para mi propia vida.